Opinión | El Tiempo Duplicado: EL HOMBRE DEL MUERTO. Por Napoleón Camacho

Napoleón Camacho
El Tiempo Duplicado: EL HOMBRE DEL MUERTO.
Napoleón Camacho.-
Era el San Felipe, donde llovía a cántaros llenos, los apamates florecían y caían de los árboles sus flores formando alfombras de capullos de pálido rosado en las aceras de las avenidas y de las plazas, eran los tiempos de fiestas de mayo, donde respirábamos el tradicional olor a cedro mojado, a la espera de la tarde para ir a los toros coleados en la ya desaparecida manga de coleo “Luis Alberto Domínguez” de la avenida 19 de abril, llamada por todos: la segunda avenida.
Frente a mi casa, al lado de la imprenta del estado, funcionaba una especie de local comercial, donde la señora Rosa de Montes, vendía cada mañana leche fresca de vaca producto del ordeño mañanero de alguna finca cercana a San Felipe; lugar que, para sus clientes, era el centro de reunión, que, aprovechando la primera compra del día, comentaban los acontecimientos del pueblo.
Por obligación tenía que levantarme temprano para cumplir con mis deberes escolares, ya que el autobús del colegio comenzaba su recorrido en busca de los alumnos, a las 7 de la mañana, y como era el segundo en la lista a recoger, aseguraba mi boleto para pasear por algunas calles y avenidas de San Felipe y de Independencia. Una de esas mañanas, fui en busca de mi madre, quien se había entretenido en la “conversaita” (como decía ella) en el citado cónclave mañanero, y al entrar en la lechería, logré oír el comentario que hacia una de las señoras allí reunidas: “Ese muchacho, Franz, el hijo de Mercedes Vásquez, el que estudia medicina, el comunista, ¡tiene un muerto en su casa!” Tal afirmación, sorprende a todas, unas se santiguaban, exclamando oraciones al santísimo y otras se preguntaban, ¿para qué quería un muerto?, ¿será para estudiarlo? ¿en qué parte de la casa lo tendrá? Pero todas exclamaban: ¡Este muchacho debe de estar loco! ¡Pobre de Mercedes! comentaban las asustadas señoras, haciendo movimientos negativos con sus cabezas para dar por terminada la conversación.
Cruzo la calle, tomado de una de las manos de mi madre y, con la otra, ella sostenía la cantara de dos litros de leche fresca, que era su primer mandado del día. Desde ese momento siempre me pregunte: ¿Franz, tiene un esqueleto en su casa? ¿será para estudiarlo? ¿lo tendrá en su cuarto? ¡era capaz de tener su propio muerto! – pensaba-. Mi curiosidad sobre Franz y su muerto, se mantuvo por mucho tiempo hasta mi vejez. Pasado cierto tiempo, Franz, tuvo que migrar para la capital y con regularidad visitaba a su familia en San Felipe y como en todo pueblo pequeño, nos encontrábamos en las calles, donde nos saludábamos de forma muy cordial, pero al verlo, mi mente retrocedía de manera inmediata y al momento pensaba “El Hombre del Muerto.”
Establecido de nuevo en San Felipe, empezamos a reunirnos en la panadería de un centro comercial de la ciudad, cercano a nuestras casas, de donde salíamos muy temprano todas las mañanas a comprar el periódico y, a la conversación que siempre realizábamos en la misma mesa varios amigos y en la que nunca faltaba el buen café. Fue nuestra rutina hasta el día de su muerte. En uno de esos encuentros pregunte a Franz, lo que muchos años atrás había escuchado en el local de la señora Rosa de Montes, y que, por mucho tiempo permanecía en mi mente. Mirándome con su usual seriedad y empuñando su elegante bastón de madera pulida, de manera libre y espontánea suelta tremendas carcajadas a boquiabierta, sin parar, por mucho rato. Al terminar de reír, saca un pañuelo blanco del bolsillo trasero de su pantalón y seca las lágrimas producto de tan expresiva risa, y responde lo siguiente: “¡Mira vale Napo, eso es verdad! necesitaba estudiar los huesos del cuerpo humano y la mejor manera que encontré fue esa. Con ayuda de un amigo, compré el esqueleto al guachimán del cementerio de Barquisimeto. Me costó veinte bolívares el trabajo de desenterrarlo y traérmelo a San Felipe en un saco.
Estaba preparado, tenía las herramientas y utensilios necesarios para hacer el trabajo de mantenimiento y conservación de la osamenta. Labor que comencé con mucha dedicación desde el mismo momento para su llegada. No me acuerdo el nombre del vendedor, y menos como se llamaba el muerto, que después de cumplir su exitosa misión de sacar juntos buenas calificaciones en el examen, me despedí de él, en las mismas condiciones como lo recibí, y lo mande enterrar con otro señor del cual no recuerdo su nombre, pero lo que sí recuerdo es que el trabajo de enterrarlo de nuevo, me salió más barato… ¡quince bolos, vale Napo!” Continuando con sus incontrolables y fuertes carcajadas, llamando la atención de los clientes que en ese momento compraban en la panadería.

Napoleón Camacho

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