Opinión | El Tiempo Duplicado: FRANCISCO JAVIER CAMACHO. Por Napoleón Camacho

Napoleón Camacho
El Tiempo Duplicado: FRANCISCO JAVIER CAMACHO
Napoleón Camacho.-
Escribir sobre los más profundos y finos afectos es realmente motivo de levitación literal donde solo gravita como satélite el pasado. Evocar a este hombre, responsable de todos de los que formamos parte de las familias descendientes de los Camacho Barrios, es profundizar la existencia misma, es rememorar parte del discurso pronunciado por Francisco “Paco” Camacho Barrios, el 6 de noviembre de 1979, en la Plaza Bolívar de San Felipe, con motivo de estarse conmemorando el 250° aniversario de la firma de la Real Cedula que eleva a Ciudad el poblado de El Cerrito y que, posteriormente, al constituirse el Cabildo y demás autoridades, deciden cambiarle el nombre por el de SAN FELIPE EL FUERTE, el 1° de Mayo de 1731.
“Solo me he permitido hundir la mano en esta tierra donde descansan los huesos de mi hermano Napoleón, para que palpitara el viejo corazón del recuerdo, como si fuera un ave canora con muchos años de cautiverio”.
Francisco Javier Camacho, hombre de talla mediana, moreno y andar ceremonioso con sus brazos hacia atrás, con su eterno traje blanco, sereno y sabio, con mirada taciturna, que, al término de su vida, viviera en la calle 11 e/av. 4 y 5 en la Qta. “Mi Ranchito” de San Felipe, casa de familia de los Pífano Camacho, donde vivía Carmen Elena Camacho Barrios de Pífano, su segunda hija, quien casó con Mario Pífano Capdevielle, hombre humilde y trabajador, hijo de inmigrantes italianos, quien nació en San Felipe.
Es allí, en el hogar de los Pífano Camacho, custodios por muchos años del señor Camacho, que a sus 84 años de edad agota sus energías para rendirse en las manos del Señor al final de la tarde del martes 25 de agosto de 1970, a causa de una insuficiencia respiratoria. Al siguiente día, miércoles 26 de agosto de 1970, todo el pueblo de Guama consternado y desde muy tempranas horas esperaban en la plaza sin muñeco (plaza Andrés Eloy Blanco) los restos mortales del bachiller Camacho, como también era conocido en toda la comarca, para que en brazos de su pueblo amigo lo condujera hasta su descanso eterno y cubrirlo con barro guameño por siempre.
Con la llegada del féretro, a las 2:30 de la tarde, comienza esta gran manifestación de afecto y dolor. Bajar por la avenida Bolívar fue la ruta escogida. Sus condiscípulos entre anécdotas caminaban cerca del cofre en custodia a quien le debían sus esfuerzos en esos momentos difíciles de la niñez e inicios de su formación académica orientando sus vidas con rectitud, muchos de los lugareños sin distingo de sexos y de edad alzaban sus brazos sobre los hombros de la gente que formaba parte de la multitud (en los pueblos, las multitudes siempre son pequeñas) que caminaba junto a los restos mortales para tocar el ataúd y santiguarse en señal de despedida, de respeto y en reconocimiento a su labor comunal.
Cerca de la plaza Bolívar, desde una gran ventana de unas de esas casas centenarias, patrimonio sentimental de este hermoso pueblo, se oye una voz quebrada por el tiempo, llena de dolor y de recuerdo que despide a Francisco Javier Camacho, dejando oír lo siguiente: ¡Adiós, Francisco… amor de mi vida! Agitando enseguida sobre la celosía, un pañuelo blanco en señal de despedida. Por un momento se detuvo la marcha fúnebre, en señal de respeto al añejado recuerdo de una relación amorosa, que dio como fruto a la bella e inolvidable tía Catalina Linares, que ejerció como su padre un apostolado educativo para orgullo de ella y nosotros sus familiares en la escuela donde Francisco Javier Camacho es el epónimo, en la población de Los Chucos. El templo San José de Guama y la plaza Bolívar, abarrotada por los residentes de este pueblo. Concluidos los actos religiosos, prosigue la procesión hacia el antiguo cementerio por la calle Bolívar, detrás de la vieja casa materna de los Camacho Barrios, en la misma que vivió el catire de la Independencia, José Antonio Páez, y donde comenzó toda esta maravillosa y bella aventura de nuestra existencia de pertenecer a la familia Camacho Barrios. Al pie del viejo portón de madera, curtido por el tiempo, “Paco” Camacho pronuncia breves palabras con fino y profundo afecto familiar dedicada a su finado padre, donde esas viejas y feas llamadas musas soplaron a su nariz para darle la profundidad poética a su intervención.
Entrar y caminar por el viejo cementerio no fue fácil y mucho más difícil fue llegar cerca de la fosa destinada para los despojos mortales del Bachiller Camacho, ubicada cerca de la puerta de servicio que da para el barrio de El Cementerio.  No sé si allí es el mismo lugar donde yacen los restos de la abuela Carmen Barrios, pero si es el mismo cementerio donde descansan las tías Esther y Catalina, al igual que Margot, Luis Alberto (Beto), Abel, Regulo y Lorenzo, mis primos hermanos, hijos de Catalina Linares de López en su matrimonio con don Miguel López Bravo, hombre honesto y trabajador, fraternal y  respetuoso, quien con apenas 12 años, llegó a Guama desde Campoelias de las manos del cura español Francisco Corell para encargarse de los asuntos operativos del templo de San José de Guama y de otros tantos familiares que no conocí, pero que en mi sangre galopan sus genes como testimonio de haber existido y  será el mismo cuando entre en mi sueño profundo para dormir tranquilo en las  entrañas de este maravilloso pueblo de Guama que su gentilicio es la  única y orgullosa herencia dejada por mi padre.
Más de cinco generaciones gravitaron en torno al Bachiller Camacho, a quienes orientó con disciplina y sabios consejos. Solo bastaba su presencia y ahora su recuerdo para entender que el Educarse es el deber de todo guameño. Su legado ha sido transmitido a través del tiempo a las nuevas generaciones para eternizar su obra, ganándose el respeto de todos y cada uno de los habitantes de su amada Guama, en el corazón de Yaracuy, de la cual estaba pendiente y siempre solidario con sus pobladores, donde sepultó su amor y sus desvelos que estaban dirigidos a su Escuela Federal “José Tomas González” que fundó en 1926 y por más cincuenta años dirigió.
Hay que recordar lo dicho por el cronista José Miguel López Pinto, cuando le preguntan: ¿quién fue don Francisco Camacho?, parodiando a Manuel Rodríguez Cárdenas, les responde: “Un maestro que está enseñando todavía”.
Fue periodista y editor de un pequeño periódico de nombre: “El Hijo del Pueblo” por allá en el año de 1916, oficio desconocido para todos, incluyendo sus hijos. Francisco “Paco” Camacho Barrios, periodista (Premio Nacional de Periodismo Deportivo 1974), quien al conocer este tránsito en el periodismo de quien fuere su padre escribe con mucha sorpresa y satisfacción el descubrimiento de tal hecho lo siguiente:
“Una mano amiga pone en las mías una revelación. Es un pequeño periódico de nombre provinciano “El Hijo del Pueblo” -continua más adelante- Y este pedazo de papel amarillento penetra el alma. Y provoca irse hasta allá, hasta la casa sola de los padres, con sus silenciosos corredores que antes tenían sonidos y jazmines y azares para llorar de tiempo y recuerdo. Pero reencontrar todo eso que se lo tragó el mismo tiempo, es absurdo. Pretender encontrar otra vez el padre vertical. Es como caer en un rio ceniciento y oscuro que se lo llevó disfrazado de muerte -más adelante, dice- Ahora te descubrimos, padre, como humilde obrero del periodismo y te agradecemos infinitamente. Quisiera que volvieras padre, en ese oficio de periodista, que nunca te conocí, para que siguiéramos en él”.
Incursiona en la actividad comercial la cual ejerce con éxito y empieza a recorrer a caballo los caminos polvorientos entre Campoelias, Palo Grande, Los Coloraos, Tibana, San Pablo, Guama y pueblos circunvecinos. Algunos dicen que era brioso y blanco el caballo que con mucha destreza y elegancia montaba Francisco Javier Camacho, cualidades entre otras que impresionan a Carmen Barrios, mujer alta y clara, bella, de cabellos largos y despierta, sastre de oficio, (cosía ropa para caballeros), hija de Menandro Barrios y Juana Jacinta Piña. Esta mujer juega un papel protagónico en la vida de Francisco Javier Camacho, con quien contrae matrimonio el 29 de diciembre de 1912 en el templo de San José de Guama y fijan residencia en la calle comercio casa No 19 de Guama, castillo de nuestra génesis. Once (11) meses después, el 11 de noviembre de 1913, llega su primer hijo, Francisco Napoleón, luego vinieron Carmen Elena, Jacinta María, (quien muere de meses de nacida a causa de una neumonía), Jacinta Josefina, José Ramón y Francisco “Paco” Camacho Barrios.
Francisco Javier Camacho, fue el maestro más influyente del siglo pasado, no solo para sus alumnos, también para el colectivo guameño, respondiendo así como hijo adoptivo con el desinterés de su función docente logrando el reconocimiento de los demás pueblos del estado; ubicando a Guama en el sitial de honor llamándola “La Atenas del Yaracuy”, identidad que llevan con mucho orgullo los guameños, clavada como bandera en su corazón por la dedicación y esfuerzos a la mayor formación académica de sus habitantes.
“Se pude decir con orgullo, que Francisco Javier Camacho, fue un hombre sin derrotas morales, con amplio concepto de la equidad, nervio de esperanzas, fibra de estímulos, haz de serenas y nobles emociones en la sencilla historia providencial de Guama”4. Para finalizar este homenaje, a cuarenta y nueve años de su fallecimiento, debo decir, que este hombre nacido el 3 de diciembre de 1885, hijo ilegitimo de Rosendo Barrios y Jovita Camacho, dejó enterrado su ombligo en Campoelias para sepultar su corazón en este pueblo escogido por los dioses del saber cómo templo para su obra de gigante talla.

 

 

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