Opinión | SIGAMOS CAMINANDO POR CANTARRANA escrito por: Napoleon Camacho.

CANTARRANA escrito por Napoleon Camacho

El Tiempo Duplicado por: Napoleon Camacho.
Corría para entonces el comienzo de la década de los 60 del siglo pasado, cuando en  mi lejana adolescencia, caminaba por las tranquilas y angostas calles de este hermoso barrio, donde todos nos conocíamos y éramos una gran familia; además, bajar desde la 5ª. Avenida, por la  bodega  popularmente conocida como de “Los Tovares” hacia la 4ta avenida con calle 5, que era como abrir la puerta de nuestra casa y allí encontrarnos con la bodega “El Arriesgón”  de Antonio “mocho” Abreu, en cuyo frente estaba la casa de familia de Gregorio Camargo, mejor conocido como el “Bachiller Camargo” y, enseguida, la competencia de la bodega “1° de mayo” de Miguel Márquez, la cual estaba situada al lado del estacionamiento del transporte del mismo nombre, propiedad de los hermanos Eduardo y Amado Márquez, quienes enfrentaban con la casa de Daniel Romero y María de Romero, continuos al local comercial donde funcionó la tapicería “1°de mayo” de Alfredo Camargo y también, el recordado “El último Tiro” de don Pedro Oviedo, ubicado en la esquina de la calle 3.
Frente a la casa de la familia Vadel y diagonal a la bodega del “Mocho Abreu”, vivía Eusebio Puerta, quien tenía como vecina a la enfermera y comadrona del barrio Juana Peña y está a la vez, a la familia de  Reyes Blanco, el mismo del “Palacio Eléctrico” de la 5ta con calle 9. Él Catire Eusebio, como era conocido por los propios del barrio, era un hombre alto, de contextura fuerte y capaz de cargar sobre sus espaldas dos o tres racimos de plátanos o cambur, producto de su quehacer agrícola en la parcela de su propiedad, por allá en el caserío “Guarapo” del municipio Veroes, quién aprovechando la cola con él también propietario en el mismo parcelamiento y dueño de un camión 350, Vacilicio Parra, salía a muy tempranas horas de la mañana a cumplir deberes como bregador del campo yaracuyano.
Siempre con su machete guindado sobre su hombro izquierdo y, su morral terciado donde metía la arepa “tumba budare”, rellena con sardinas de aquellas que llamaban “chaima”, revuelta con huevos y polvoreada con queso blanco rayado,  su impelable botella de cocuy Leal que de dos tragos se la tomaba, la cual acostumbraba comprar en el muy conocido Bar “María Lionza” a una cuadra más abajo de su casa, que años atrás, en sus inicios, era la Pulpería de don Daniel Romero y que, con el pasar del tiempo, arrienda al señor Raúl García, convirtiéndola en Bar, para luego pasar a manos de don Herminio Castillo, quien establece la modalidad de vender en horas de la madrugada a los  serenateros y a esos noctámbulos bohemios que hacen de la noche la oportunidad de consumir bebidas espirituosas, las cuales les expendía por una ventana habilitada para tales fines y así rendir aún más  las ganancias de este negocio; el mismo enfrentaba con los grandes ventanales de la casa de familia de don Carmelo García Potella, natural de Güiria, Estado Sucre y quien fuera chofer del Gobernador Héctor Blanco Fombona desde el año 48 al 50 del siglo pasado.
Unos cuantos metros más abajo de este peculiar cantinero, vivía Juanita Córdova, a quien  todas las doñas de la elite social del entonces pueblo de San Felipe, requerían de sus servicios en cuanto a la  pulitura y mantenimiento de sus muebles, camas, vitrinas de caoba y otras clases de madera, ya que en el pueblo no existía mejor trabajadora en el ramo que esta señora, cuya ocupación supo combinar con sus actividades contra la dictadura, para terminar siendo la más efectiva en su tarea de entregar los panfletos, mensajes, cartas y de igual forma los lineamientos a los activistas de la resistencia clandestina contra la dictadura del coronel Marcos Pérez Jiménez.
En la esquina de la avenida “19 de abril” (hoy día conocida como la 2ª. Avenida), por la misma calle y acera por donde vivía Juanita Córdova, estaba la muy surtida bodega de Benito Montes e inmediatamente a la derecha como vecinos a Agustín Velásquez, ingenioso herrero de fragua, y su señora Adelina Márquez de Velásquez, quien vendía plátanos y atendía un gran rebaño de chivos, los cuales acostumbraban comer en el zajón frente a su residencia (hoy día, la casa de COPEI y sus alrededores) en el que, según comentaban los vecinos del barrio, al final de la tarde, hacía su aparición un duende que originaba el pánico entre los residentes del lugar, quienes se apresuraban a cerrar las puertas  de sus casas para evitar el contacto visual con tan jodedor personaje.
Muy cerca del bar “María Lionza”, por la 3ra avenida, la casa conocida como la “Quinta Margot” donde vivían Ramón Arias y Laura Pereira junto a su familia, y que, según muchos lugareños, fue allí donde comenzó sus actividades la Escuela Cecilio Acosta. Ramoncito Arias, como fue conocido por todos, fue un hombre trigueño y de baja estatura, de contextura gruesa y en su rostro hilos de bigotes, siempre cargando su maletín de cuero marrón donde guardaba los recibos de cobro de la C.A.N.T.V. que, para su asombro mi estimado lector, él fue el sempiterno cobrador a domicilio del servicio telefónico de San Felipe, que por cierto, los equipos telefónicos utilizados por esta Compañía eran de color negro y la mayoría de ellos, tanto de servicio residencial como comercial, eran  instalados en las paredes de las casas de los usuarios y los cuales operaban con tan solo cuatro números.
Asimismo, Ramoncito era amante y gran jugador de bolas criollas, condición que lo llevo a ser integrante de la Selección del Estado Yaracuy que se tituló campeón de los juegos de exhibición de Bolas Criollas en los III Juegos Deportivos Bolivarianos realizados en Caracas en 1951; fue fundador del Club “Centro de Amigos”, además del Club San Felipe e, igualmente, miembro fundador del Club “Teléfonos”, siendo su Presidente fundador Rafael Clisanchez y estuvo ubicado en los terrenos donde hoy se encuentra la sede del Museo Carmelo Fernández.
Al llegar a la esquina de la calle cuatro, subiendo a la izquierda, a pocos metros nos conseguimos con la casa que constituye hoy en día el hogar de los Tesorero, cuyo jefe de familia, Rafael Oscar Tesorero, se convirtió en el primer trabajador del Ministerio de Obras Públicas (M.O.P) en dar el picotazo inicial para sembrar el primer mojón de concreto donde se colocó la primera cota topográfica en la construcción de la  autopista Caracas-La Guaira. Terminada la construcción de la mencionada Autopista, ya graduado como topógrafo, lo destacan a la construcción de la línea del ferrocarril Puerto Cabello–San Felipe- Barquisimeto y es cuando se establece en esta ciudad, inicialmente en el barrio Zumuco, junto a su  recién fallecida esposa: Josefa “Chepa” Guzmán de Tesorero, noble mujer, también de Palo Negro, de corazón grande y humilde con quien procreó  seis hijos.
En esta parte de Cantarrana, en la casa de Juan Perdomo, existía el Bar “Los Cocos”, donde muchos de los residentes de este populoso barrio con sus cervatanas en las manos compartían entre bolas criollas y el buen dominó, el fin de semana. Para refrescar el recuerdo, evocamos la frase de un sanfelipeño de siempre, él inolvidable Gerardo “Cámara” Aular:
                                  “¡Tendrán que estar sumamente heladas!”
Entre las calles 5 y 3, por la 3ra avenida, vivían otras familias, tales como: Juan Pereira, La familia López, Juana Guédez, Justa Freites, Juana Camacaro, Ana Asilda, familia Aguilar, Olga y Melquiades Bracamontes, Juan Guédez y, la casa de familia de Vicente Luis Dorta, quien casó con Guillermina Pereira, fue un conocido mecánico de maquinarias pesadas, llego de las Islas Canarias junto a sus hermanos y logró instalar un taller llamado “Valle Hondo”, a la orilla de la carretera panamericana, muy cerca de la entrada del otrora camino de San José de Carúpano; sus otros hermanos se dedicaron a actividades diversas: Aquilino, fue dueño de un Bar al borde de la carretera panamericana, en la cercanía de los terrenos donde hoy está ubicado el Circuito Penal de Yaracuy, conocido como “El Níspero”; Francisco, se dedicó a la fruticultura; mientras tanto, Cleofe se hizo comerciante y luego se dedicó a la agricultura; y, por su parte, Marcos Luis Dorta, ganadero, quien contrae matrimonio con Amalia Rosa Torres Pereira, hija del acaudalado ganadero don Jacinto Torres, dueño de los terrenos del Club Centro de Amigos y de la primera casa comercial de medicinas y alimentos para animales vacunos de productos PROTINAL, ubicada en su residencia en la 6ta avenida, frente a la imprenta del Estado, al lado de la familia Camacho Alcalá, donde vivió al lado de su esposa doña María Pereira, quien era hija de Juan Bautista Pereira, dueño de la casa más grande de esta franja de Cantarrana y, además, de la Pulpería “19 de Abril”, en la esquina de la calle tres, diagonal a la panadería “El Gato Negro”, a la cual acudía la colectividad de Cantarrana a hacer sus compras diarias, asimismo, lo hacían los de “Ciudad Tablita”, barrio cercano y  ubicado a la entrada del camino del asentamiento campesino de Higuerón, los labriegos de las vegas cercanas a la aduana y, por todos los ubicados a lo largo y ancho del camino del Corozo incluyendo habitantes del propio pueblo.
Los 24 de junio de cada año, muy temprano por la mañana, los vecinos del barrio estaban pendiente del reventar de los cohetes que señalaban con alegría, el inicio  de las festividades del día de San Juan Bautista y que convocaba a toda la colectividad a compartir el gozo del día de su Santo y la razón de su nombre de pila, dando lugar a que las puertas de la casona de Juan Pereira y Salome Peralta se abrieran de par en par, para recibir a la gente de la cuadra y calles circunvecinas, quienes concursaban  por buenos premios en las carreras de saco y del huevo en cuchara, en bolas criollas, el cochino y el palo ensebao, el papelón con monedas adentro, Las Monedas Calientes, la Gallina Enterrada y el tobo con manzanas; después de la quiebra de muchas piñatas de botijas de barros para los niños del barrio, en cierto momento se hacía un alto de las actividades para darle paso a la presentación del tradicional baile de las cintas, en el inmenso patio del hogar de los Pereira Peralta.
Entre música de cuerda y picoteo, los asistentes bailaban, mientras  disfrutaban exquisitas comidas y dulces, acompañados con buenas  bebidas espirituosas, ya que, casi todos los invitados, habían echado huevo en el vaso a las doce de la noche para que San Juan no los cogiera desprevenido, dejándose oír  hasta muy lejos, durante todo el día, el grito de guerra de los invitados:
                                      “¡San Juan pelao… y yo… también!”

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